Una barreduela, concretamente a las espaldas del monumento a Juan Pablo II, que flanquea el acceso, con un pequeño postigo entre los recobecos, que se alza tímidamente mientras transitamos por un estrecho y largo callejón con camino sinuiso que no nos permite atisbar el final de nuestro destino: La Plaza Santa Marta.
O más bien por las reducidas dimensiones de este recinto cuadrado deberíamos decir plazoleta. Parece mentira que a tan solo unos metros del monumento más visitado de la ciudad y teniendo su entrada por la plaza de la Virgen de los Reyes, una de las más céntricas y bulliciosa de Sevilla, encontremos este lugar tan tranquilo y misterioso, envuelto de intenso olor a azahar cuando los cuatro naranjos que la adornan están en flor.