viernes, 16 de julio de 2021

Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla.




La Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla, llamada así ya en el siglo XIX, tiene su origen en aquella Regia Sociedad creada de la mano de un joven, recién titulado, llamado Juan Muñoz y Peralta, como ya apuntamos en una anterior entrada.

Durante tres siglos, prácticamente sin faltar a su cita, todos los jueves se realiza en sesión pública la reunión que ya se formalizó durante el siglo XVII. la Academia ha mantenido su trabajo y su prestigio, como dato diremos que en los últimos años la actividad lejos de menguar se ha acrecentado, como se puede atestiguar en las recientes publicaciones, especialmente en las “Memorias Académicas”.

Durante las tres primeras décadas del siglo. XVIII alternó sus sesiones en los domicilios de sus socios, hasta que se asienta en la calle Levíes (1735-1767). Desde este momento adopta con mayor relevancia un servicio público, como muestra basta decir la actuación en pro de la sociedad sevillana como hospital clínico canino, aspecto que ya abordamos en este blog. Por otro lado, se luchó con ahinco contra las epidemias de fiebre amarilla, peste, cólera y tifus, así como otras como el sarampión, la gripe y lepra. Se logró la orden del gobierno, para prohibir los enterramientos en las iglesias y para la construcción de los cementerios, fuera de las poblaciones. Se realizaron campañas gratuitas de vacunación contra la viruela, que entonces hacía verdaderos estragos. Por muchos años tuvo que desempeñar el difícil papel de control de los establecimientos oficiales, como cementerios, cárceles, hospitales y “mataderos” así como los balnearios de Media España y también por años realizaron en solitario la vacunación antivariólica. Sus dictámenes sobre el asesoramiento de alimentos, potabilidad de las aguas y saneamiento de las ciudades cobran especial relevancia. De un modo especial los socios estuvieron atentos a las sequías y a las grandes riadas del Guadalquivir que dejaban enfermedades y epidemias devastadoras en la capital hispalense. Fuera de su actuación científica, tuvo una postura decidida contra la invasión napoleónica y también La Academia en esos tiempos primigenios tomaba examen y concedía títulos profesionales en Medicina, velaba por una buena praxis, adelantándose a lo que ahora es función de los Colegios Profesionales. Se puede decir, sin eufemismo, que “toda la ciencia médica española del siglo XVIII estuvo influenciada por la labor y las ideas modernistas de la Academia sevillana”.

No hay que obviar que estamos ante una época donde la industria farmacológica estaba en pañales, las plantas y hierbas de la naturaleza eran en la mayoría de los casos la única opción. Por eso el Jardín Botánico, con plantas traídas de América, adquirió mayor relevancia hasta llegar a ser el primero en variedad de ejemplares. En este aspecto tuvo mucho que ver el famoso médico Nicolás Monardes que tenía en la calle Sierpes el jardín botánico que él mismo regentaba. En el actual salón de actos de esta sociedad, a la vera del retrato de D. Alfonso XIII, podemos presenciar un cuadro de este médico, donando por el Ayuntamiento sevillano.

(De la Junta General de Andalucia

El Archivo Histórico Provincial de Sevilla dedica el Documento del mes de febrero a cómo sucedieron y cómo se combatieron algunas de las epidemias más significativas que asolaron la ciudad durante el siglo XIX, vistas a partir de algunos documentos conservados en varios de sus fondos documentales: Escribanía de Guerra, Real Audiencia y Fábrica de Tabacos de Sevilla.

Sevilla ha vivido en el devenir de su historia episodios de epidemias o pestes que provocaron crisis sanitarias, demográficas y socio-económicas. Diversos aspectos fueron proclives a ello: la estrechez y deficiente salubridad de algunas de sus calles, la escasez de pozos ciegos, las repetidas riadas del Guadalquivir y el insuficiente desarrollo de la medicina en el ámbito de la epidemiología. Durante los siglos XVI y XVII la vulnerabilidad aumentó cuando pasó a ser puerta y puerto de Indias, con el incesante comercio marítimo con América y un considerable aumento demográfico.  

A principios del siglo XIX, el incremento de las comunicaciones comerciales con países que padecían enfermedades endémicas trajo consigo la dispersión geográfica de epidemias y el aumento de su frecuencia y propagación. De esta manera nuestra urbe se vio afectada por repetidos brotes epidémicos que eran desconocidos hasta entonces en Europa y que entraron principalmente a través de su puerto fluvial, atestado de embarcaciones que atracaban con sus tripulaciones, pasajeros y mercancías, siendo uno de los primeros focos de llegada y de su propagación el arrabal de Triana, barrio modesto en aquel entonces habitado por muchas personas que faenaban en la mar, algunas procedentes de tierras contagiadas.

Heredera del siglo anterior, la medicina española en los albores del XIX distaba aún del conocimiento y progreso europeo. Pese a que las enfermedades infecto-contagiosas eran las más frecuentes y letales en aquella época, se desconocían las causas microbiológicas, y por tanto, su tratamiento adecuado (se solían aplicar purgantes, sangrías, sanguijuelas, reposo, dietas especiales, entre otros), así como los mecanismos de propagación, soliéndose atribuir a influencias atmosféricas, miasmáticas y meteorológicas. La asistencia sanitaria era privada y generalmente en los hospitales se atendían a personas sin medios económicos. El sistema sanitario se limitaba principalmente a la protección de la salud de la población frente a las enfermedades catastróficas o epidémicas. 

Una de las epidemias más funestas fue la llamada fiebre amarilla, también llamada plaga americana o vómito negro, que asoló nuestra ciudad entre los meses de julio y noviembre del año 1800, procedente de los barcos que recalaban del puerto de Cádiz, ciudad que hasta hacía poco había ostentado el monopolio del comercio con América (1717-1777). A principios de julio del año 1800 anclaba en dicho puerto una corbeta llamada Delfín, procedente de la Habana (Cuba), con la enfermedad a bordo. A finales de ese mes comenzó a extenderse por el barrio marinero de Santa María y de ahí al resto la ciudad gaditana.  

Las primeras epidemias de fiebre amarilla se remontan a los puertos del Caribe en el siglo XVI, posiblemente introducidas por el comercio de esclavos. Es una enfermedad tropical de origen vírico, cuyo término -amarilla- alude a la ictericia que presentan algunos enfermos. Endémica en algunas zonas de África, Sudamérica y Centroamérica, es transmitida a los seres humanos por la picadura de un mosquito infectado (aedes aegypti). Es propia de zonas marítimas cálidas y suele darse en ciudades portuarias y riberas de los ríos navegables, por lo que su localización fue limitada: junto a los brotes de Sevilla y Cádiz, destacaron los de Málaga (1803 y 1804), el primero de los cuales (julio-diciembre de 1803), trajo consigo la expansión de la epidemia por otras zonas de Andalucía y, a través de barcos guardacostas, por el levante mediterráneo.  

En nuestro país, ante la alarma de urgencia sanitaria, las autoridades pronto tomaron medidas higiénico-preventivas con la finalidad de salvaguardar la salud pública y evitar que la enfermedad siguiese propagándose. Se crearon las Juntas de Sanidad en todas las capitales de provincia y en las localidades cabeza de Partido Judicial, incorporándose a las ya creadas por Felipe V para hacer frente a la amenaza de la Peste de Marsella, originada por la llegada al puerto de la ciudad francesa de un barco infectado en mayo de 1720. Dichas juntas dependían de la Junta Suprema de Sanidad, institución político-sanitaria de carácter consultivo que ejerció su actuación en todo el territorio nacional. Entre sus funciones destacaba la preservación y protección de la población frente a epidemias y enfermedades infecciosas. También coordinaba los sistemas profilácticos basados en aislamiento (cordones sanitarios, lazaretos, etc.) y se dedicó a la racionalización y sistematización de normativa sanitaria, especialmente relativa a la sanidad marítima, supervisando las disposiciones de funcionamiento interno de los lazaretos, que fueron creados fundamentalmente en puertos y costas de mar para evitar el contagio con el almacenamiento e inspección de ropas y mercancías procedentes de países con enfermedades endémicas. En la costa andaluza destacaron los asentados en los puertos de Málaga y Cádiz.  

Mediante Real Orden de 19 de marzo de 1805 se dispuso que las capitanías generales se encargaban de los asuntos sanitarios, creándose las respectivas Juntas Provinciales de Sanidad, presididas por los capitanes generales. Los asuntos sobre sanidad marítima y terrestre debían trasladarse a la Secretaría de Despacho y Guerra.

El primero foco de la infección en Sevilla se remonta a finales de julio de 1800: primero en Triana, al otro lado del Guadalquivir, por las calles Sumideros, Sola y Plaza de Santa de Ana, para propagarse rápidamente al barrio de los Humeros y de ahí al casco urbano, a los barrios de San Vicente, San Juan de la Palma, San Román y Santa Catalina.

La Junta de Sanidad de Sevilla se nombró a finales de agosto de 1800 y estuvo en funcionamiento desde el día 23 de dicho mes hasta el final de la epidemia. Estaba compuesta por tres médicos socios de la Regia Sociedad de Medicina, actual Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla y por una diputación de la ciudad. Se estableció en el castillo de la Inquisición (San Jorge). La Regia Sociedad era el máximo órgano consultivo de la ciudad, que colaboraba con las autoridades para salvaguardar la salud pública y contaba entre sus funciones el estudio, inspección, profilaxis tratamientos en caso de epidemias.

Las autoridades de la ciudad pronto tomaron medidas para combatir el brote epidémico que ya había comenzado en el arrabal trianero: se prohibieron los enterramientos en las iglesias, se nombraron dos médicos, uno para el barrio de Triana y otro para el de los Humeros. Se estableció en Triana un hospital en el Convento de la Victoria, se habilitó en el mismo barrio el cementerio de la Torrecilla y la Junta de Sanidad prestó asistencia material y sanitaria al barrio de San Vicente. Además se supendieron las funciones de teatro y las diversiones públicas en general.

A primeros de septiembre, ante el progresivo avance de la enfermedad, se prohibió la comunicación entre barrios y ciudades contagiados (como El Puerto de Santa María, Jerez y Cádiz). Asimismo se habilitó provisionalmente parte del hospital de la Sangre o de las cinco llagas como hospital general de pacientes epidemiados. El día 5 se dispuso el cierre de las puertas de la ciudad, a excepción de la de Triana, del Arenal, de Carmona y de la Macarena (también la puerta de la Carne por no disponer de botica ni médico propios), vigiladas por un cabo y soldados o alguaciles. Se prohibió el acceso de toda persona con muebles y ropas procedentes de los barrios de Triana y de los Humeros que no presentaran la correspondiente fe de sanidad, que era utilizada para demostrar que no se padecía enfermedad contagiosa. Además de contar con este documento, las personas procedentes de zonas contagiadas debían guardar la debida cuarentena en el lazareto instalado en el convento de Santo Domingo de Portaceli, extramuros de la ciudad.

Tal era la situación de desesperación que el 19 de septiembre se celebró una procesión de rogativas con el Lignum Crucis de la Catedral de Sevilla y se subió a la Giralda para bendecir a los vecinos y pedir por el fin de la epidemia. Pese a todo, desgraciadamente la cifra de fallecidos no hacía más que aumentar. 

En octubre la situación continuaba siendo crítica: las arcas municipales estaban resentidas, escaseaban los bienes de primera necesidad y los auxilios a los más necesitados. Se suspendieron las corridas de toros. En noviembre parecía que la situación comenzaba a mejorar, disminuyendo considerablemente el número de fallecidos. El 23 de noviembre se cantó un solemne Te-Deum en las gradas de la Catedral en acción de gracias por el descenso de la epidemia. Una vez concluida totalmente, 10 de mayo de 1801 se volvería a cantar. Se estima que en torno a un 18% de la población perdió su vida en los meses que duró. 

En el verano de 1833 y hasta finales de 1834, otra enfermedad infecciosa, la llamada cólera-morbo asiática, procedente del delta del Ganges, azotó nuevamente a la población sevillana. Esta epidemia también tuvo graves consecuencias en la Sevilla decimonónica, registrándose nuevos brotes en los años 1854, 1865 y 1885. Es una enfermedad diarréica aguda, provocada por una infección intestinal por el bacilo Vidrio Cholerae. Se contrae al consumir aguas y alimentos contaminados y se contagia a través de las heces de los enfermos. Procedente del río Ganges en la India, este mal devastó extensas zonas Europa y América, entrando en la Península Ibérica en el verano del año 1833. Las vías de introducción en nuestro país fueron dos: desde Oporto por el puerto de Vigo y desde el Algarve por Huelva.

Declarada la epidemia en Huelva el 9 de agosto, la cercana ciudad de Sevilla actuó pronto con medidas higiénico-preventivas para hacerle frente: se ordenó la limpieza de domicilios y aseo de las calles, se prohibieron las reuniones públicas y espectáculos, se dispuso el cierre de teatros, la suspensión de corridas de toros, entre otras. No obstante, el contagio acabó llegando de nuevo a nuestra ciudad a través del arrabal de Triana. El primer foco epidémico se remonta a finales de agosto, poco días después de haber pasado la infección de Huelva al puerto de Ayamonte. La Junta de Sanidad sevillana declaró la epidemia el 4 de septiembre de 1833. En consecuencia, se dispuso la incomunicación de la ciudad con la Provincia y se crearon lazaretos.

Para evitar que la enfermedad siguiese propagándose entre la población, a primeros de septiembre se estableció un cordón sanitario cortando el puente de Barcas, haciéndose retirar a la orilla opuesta los buques, fondeados en los muelles del barrio de Triana. Asimismo, se estableció, con carácter provisional, un hospital para enfermos coléricos en el convento de San Jacinto y se habilitó como hospital para pobres epidemiados el Convento de la Trinidad. Durante el mes de septiembre la epidemia avanzaba virulentamente, pero a partir de mitad de octubre comenzó a mejorar de forma progresiva. A principios de noviembre se cantó de nuevo un Te-Deum en la Catedral en acción de gracias por haberse superado la pandemia. 

En ambas epidemias fueron implementados los preceptos higienistas en España y se propició una mayor concienciación, tanto en los sectores médicos como políticos, por la salubridad, la sanidad y el sistema sanitario.

 

En el Archivo Histórico Provincial de Sevilla se conservan documentos pertenecientes a distintos fondos documentales en los que se reflejan el rastro de algunas de las epidemias que asolaron Sevilla en el XVIII y el XIX, evidenciando las medidas normativas que se tomaron por las autoridades sanitarias, el paso de la enfermedad por la ciudad, etc

Ya en el siglo XIX, como ya hemos señalado anteriormente, la Regia Sociedad pasa a llamarse Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla y transcurridos unos años despojados de su sede y con dificultades para continuar reciben una atención especial desde la Corte de Carlos III, un gobierno ilustrado, que se fija en su vecino francés y muestra especial predilección por las asociaciones culturales, como era el caso. Fruto de esta empatía se les cede un edificio, que hasta entonces había pertenecido a los Jesuitas, ya expulsados del Reino, nos referimos al antiguo Colegio de los Ingleses, ubicado en la actual calle Alfonso XII. Allí permaneció la sede de la Real de Medicina sevillana hasta 1932, que ya existen pretensiones por parte de la Orden, que ya había recuperado parte de sus influencias, de recuperar el inmueble, aunque finalmente es echado abajo, a excepción de lo referente a la Capilla. En el solar, definitivamente se levanta Escuela de Estudios Hispano-Americanos. A la Real de Medicina ya se les había buscado un inmueble que pudiera acoplarse a sus necesidades: se desplazó su sede a la calle Abades. En la actualidad ocupan concretamente los números 10 y 12 de esta céntrica calzada. 


A continuación, describiremos el interior de esta casa, según se concreta en la web: asociacionbiblioteca."Ocnos"

Aquí comprobamos detalladamente la extensa colección de pinturas que esta sociedad posee, y su importante disposición de libro s y escritos.  

Presenta un Salón, que recibe el nombre de “Ramón y Cajal”. Es una dependencia monárquica y borbónica a juzgar por todos los cuadros que se exponen, pero no son los únicos los de la familia Real, pudiéndose visionar , por ejemplo, la pintura del ”Espíritu Santo”, que es la primera obra que los socios adquirieron.

Pero tenemos muchos más cuadros, repartidos por todas las dependencias.

VESTÍBULO…

*Buen Pastor Siglo XVIII. Se atribuye a Murillo. Es la puerta del Sagrario de la iglesia.

*También pertenecen al taller de Murillo, los retratos de San Ignacio de Loyola, y San Francisco Javier, ambos de 1681. 

*El Niño de la Espina, Siglo XVIII, de autor anónimo. Se ha dicho que podía ser de Zurbarán.

En la ESCALERA nos enontramos con…

*Virgen del Pópulo, Principios del siglo XVII. Es copia de un icono bizantino que se encuentra en la Iglesia de San Juan de Letrán, en Roma. Se cuestiona su posible origen armenio.

*Jesús vestido con hábitos jesuitas, siglo XVII, obra de los hermanos Gil de Mena de Valladolid.  

*San Francisco Javier bautizando a los infieles, obra anónima, del siglo XVIII. Es una réplica de Murillo. En la Catedral existe otra reproducción.

En el descansillo de la escalera

*Dña. Mª Josefa Amalia de Sajonia.  Se trata de la tercera esposa de Fernando VII, obra de José Mª Arango, fechada en 1823. Según el rótulo, procede de la Congregación de Esclavas de Jesús y María, de la que la reina era Hermana Mayor Perpetua. Esta es la reina que había salido del convento para casarse con Fernando VII.

Segundo rellano de la escalera

*San Nicolás de Bari, anóimo del siglo XVIII, copia de un retablo de la iglesia del Pozo Santo.

*GALERÍA DE PRESIDENTES (22 cuadros)

D. Jorge Cisneros de Sotomayor (1780-1834)

D. Javier Lasso de la Vega Chinchón (1873-85)

D. Teodoro Muñoz de las Cajigas (1886-1902)

D. Javier Lasso de la Vega Cortezo (1902-1912)

D. Enrique Romero Pedreño (1912-1914)

D. Gabriel Lupiáñez Estévez (1914-1916)

D. Francisco Sánchez Pizjuán (1916-1919)

D. Enrique Tello García (1919-1921)

D. Pedro Martínez de Torres (1921-1923)

D. Mauricio Domínguez Adame (1923-1927)

D. Vicente Hernández Irala (1927-1929)

D. Miguel Royo Gonzálvez (1929-1931)

D. Luis Vázquez Elena (1931-1935)

D. José Salvador Gallardo (1935-1939)

D. Vicente Hernández Irala (1939-1941)

D. José González-Meneses Jiménez (1941-1943)

D. Blas Tello Rentero (1943-1945)

D. Eloy Domínguez Rodiño (1945-1951)

D. Cristóbal Pera Jiménez (1951-1055)

D. Antonio Cortés Lladó (1955-1973)

D. Gabriel Sánchez de la Cuesta (1973-1982)

D. Juan Jiménez-Castellanos (1982-2001)

D. Antonio González-Meneses y Gonlez-Meneses

Dos grisallas representando una al

Dr. D. Antonio Salado (García Ramos)

Dr. D. Federico Rubio (García Ramos)



*“El suplicio de los Comuneros”, boceto de Gisbert Pérez, del cuadro que está en el Palacio de las Cortes

AULA SEGUNDA PLANTA

*Virgen de los Ingleses, anónimo del siglo XVI. Gran devoción entre los jesuitas ingleses.

*San Lorenzo, Anónimo, siglo XVI, adquirido para la Iglesia de la casa de la Sociedad en 1777.

*Santa Catalina de Alejandría, igual que el anterior. Podría ser del taller de Villegas y Marmolejo.

*San Francisco,  anónimo, siglo XVI-XVII

*10 Grabados anatómicos, Realizados por el grabador francés Gautier, fueron compradas en París, en 1788 por el doctor Jacobe, cirujano francés de Montpellier contratado por la Regia Sociedad como profesor de Anatomía. Estuvo 18 años en nuestra ciudad.

SALA DE JUNTAS

Tenemos aquí obras de gran importancia e interés:

 *Crucificado, de Francisco Pacheco, suegro de Velázquez. Está rigurosamente incluido en las normas que dio el propio Pacheco, sobre los Crucificados: “cruz de tres cuartos... los pies clavados con clavos... y no un pie sobre otro... de lo que se sigue que los clavos de Cristo fueron cuatro y no tres, como muchos piensan”.

En la tertulia de Pacheco, alguien escribió:


¿Quién te ha puesto así Señor

Tan amojamado y seco?

Tú dirás que el Amor

Más yo digo que Pacheco

Imagen de la Virgen, talla policromada, obra de La Roldana, sobre 1680.

*Apostolario, del año 1777, (660 r.v.). Es obra de Esteban Márquez, discípulo de Murillo. Igual en la Sacristía Mayor de la S.I.Catedral.

*Carlos II y Mª Luisa de Orleans, obra de 1790, realizada por Juan de Dios Fernández, discípulo de Carreño.

*Ignacio de Loyola atribuido a Alonso Sánchez Coello. Se dice que fue pintado tomando modelo de la mascarilla del Santo.

*Boda de Isabel de Farnesio, celebrada en Parma, Grabado, perteneciente al libro de la boda.

Biblioteca (despacho)

*Retrato de don Guillermo Jacobe, dibujo sobre papel, obtenido de un medallón de la época. Cirujano francés.

Sala de lectura



*Dos retratos del matrimonio Poderón, académico farmacéutico de principios del siglo XX, donados por su nieto.

Sala de Juntas del edificio moderno

*La Magdalena, lienzo de gran formato, obra de Francisco Antolínez, de finales de siglo XVI. Este pintor sólo pintaba cuadros pequeños, de modo que este es una excepción.

*Crucificado, del XVII, anónimo, escuela Zurbarán

*Beato Diego José de Cádiz, Anónimo, de finales de siglo XVIII. Era Miembro de Erudición de esta Academia. (Donación de los frailes capuchinos de Sevilla). El beato, en el año de 1792, predicó en la Regia Sociedad.

*Prof. Carlos Jiménez Díaz, Es donación de la Fundación Jiménez Díaz

*Prof. Severo Ochoa. Es donación de la “Casa de Asturias en Sevilla”

*Carlos III (Giuseppe Bonito) 

LIBROS MODERNOS



 Se tienen recopilados un total de trece mil títulos, dedicados especialmente a la Medicina, aunque también existen ejemplares de los más variados temas. Algunos de ellos, resultan ya muy difíciles de encontrar.

ARCHIVO

El archivo contiene un número indeterminado de documentos que de forma aleatoria puede estimarse en unos veinticinco mil. Llevamos años con la clasificación y estudio, trabajo que tenemos ya muy adelantado. Varias tesis doctorales, tres libros y numerosos trabajos han salido ya de estos papeles.

 LIBROS ANTIGUOS

 En la Biblioteca encontramos ejemplares de todas las Ciencias: Literatura, Historia, Arte, Gramática, Astronomía, Geografía, Botánica, Zoología, Medicina popular, Metafísica, temas militares, de viajes y un largo etc.

Entre los más curiosos están: Catálogos de herbolarios. Plantas. Obras referentes a la calidad de los vinos.

Entre los anecdóticos hay libro sobre “el hombre-lobo”, del año 1615. Otro que trata del unicornio y un texto titulado “Salamandrologia”, acerca de aplicaciones médicas de la salamandra.

Hay cuatro libros, acerca de como debe vestirse la mujer elegante del siglo XVI (1574).

Se Dispone de incunables, pergaminos, libros básicos escritos en los albores de la Medicina, bellísimos grabados de Anatomía, textos hipocráticos y obras galénicas. De Avicena, de Averroes, de la medicina ejipcia y de la India.

Diccionarios como el de Antonio de Lebrija y también de  Numismática.

Libros primitivos, sobre Física y Química, como el de Lavoisier, ilustrados, todos ellos, con esquemas de los aparatos empleados en aquellos tiempos.

Farmacopeas y formularios, desde 1587, la llamada Concordia que es de 1511, libros de Botánica con grabados a plumilla de una admirable perfección artística. Textos sobre la flora, tanto autóctona, como la de Chile y del Perú.

Libros sobre manantiales de aguas medicinales de España y de Andalucía con sus indicaciones médicas, que, por cierto, se apartan muy poco de las vigentes en la actualidad.

Curiosas listas de médicos, cirujanos, matronas y sangradores que actuaban en los pueblos andaluces en siglos pasados.

Libretas de campo, con dibujos hechos a mano y esquemas originales de pájaros curiosos.

Se disponen de los más hermosos grabados, en gran formato, sobre las bellezas encontradas en las ruinas de Herculano, la ciudad sepultada por las lavas del Vesubio, allá por el año 79, siendo emperador Tito.

Y un número muy alto de documentos, legajos, cartas y Disertaciones de los antecesores en la Academia.

(Libros incunables los editados  desde 1450 hasta 1500”. (Gutemberg. Maguncia). Post-incunables los que van desde 1500 a 1520. Libros o impresos antiguos, los posteriores al año 1521, hasta llegar a 1825).

Esta Academia dispone de cuatro incunables, ocho post-incunables, bastantes raros y curiosos.

Incunables

1484.- El llamado “Herbario de Maguncia” (“Herbarius seu de virtutivus harbarum”). Edi.Maguncia. (único en España) RES 254   


1498.- BENZI, Ugo “Primo canonis Avicenne”. Editado en Venecia. RES 163/2

1499.- FIRMICO, Julio.- “Astronomicorum libro octo”. Editado en Venecia. RES 10

1499.- ALBERTO MAGNO, San.- “De virtutibus herbarum, lapidum et animalium”. Editado Rouen. RES 556/3

Post-incunables

1508.- ALBERTO MAGNO.- “Secreta virorum et mulierum”. Editado en Rouen. RES 556/2

1508 .- CHAMPERII, Symphoriani.- “De triplici disciplina”. Iniciales a mano. Ed. Lyón. RES 510

1508.- GUANERIO, Antonio.- “Incipit tractatus de agritudinibus capitis”. Imp. Venecia. RES 163

1516.- CHAMPIER, Sinforiano.- “Symphonia Platonis; cum Aristotelis & Galeni, cum Hipocrate”. Editado en París. RES 200

1517.- “Ortus sanitatis: de herbis et plantis; de animalibus et reptilibus; de avibus et volatibus; de Piscibus et natatilibus”. Estrasburg. RES 821

1519.- IURY, Jean.- “Scrinium Medicine;primus tertius librum Pronosticorum Hypocratis”. Las iniciales a mano con adornos vegetales. RES 585

1520.- AVICENA.- “Primus (quintus) Avi. Canon: Avicenne medico”. RES 8/1 y 4/1

1616.- DUNCANI BORNETTI SCOTI “De preparatione et composiitione medicamentorum chymicorum artificiosa”. RES 199 (ejemplar único en España).

              

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