jueves, 10 de junio de 2021

Las Tapadas. Un poco de preta porter sevillano.


En los siglos XVI y XVII se puso de moda en España un atuendo entre las féminas, influenciado por el mundo árabe. Esta prenda consistía en un manto oscuro, solía ser negro, que cubría a la mujer de la cabeza a los pies, pero no la ocultaba totalmente y en este punto es donde residía la diferencia respecto a la tendencia arábiga: dejaba al descubierto un ojo, generalmente el izquierdo, que solía potenciarse, esmerándose en su apariencia, valiéndose de un maquillaje excesivo en muchos casos. 
Cabe aquí hacer un inciso, pues aunque en los textos de la época hay una evidente tendencia a referirse a la capital del Reino, no es tema baladí que Sevilla, aunque no disfrutara de esa categorización fue durante largas décadas de esta época la ciudad más importante de Andalucía, de Europa y quizás del mundo, no en vano era considerada la capital del mundo, el Guadalquivir nacía en tierras españolas, pero a su paso por Sevilla, esta ciudad le confería ser el primero de los ríos del nuevo mundo. Estos atributos magnifican en esta ciudad el uso que se hizo de esta prenda, máxime si a ello le sumamos el mantón sevillano, que ya era común en las vestimentas de las sevillanas y que fácilmente se podía usar para conseguir los objetivos del “tapado”. Por aquel entonces era usual que los caballeros disfrutasen de las artes amatorias fuera del matrimonio, siendo habitual mantener una o varias amantes, a parte de las habituales visitas a los consabidos lupanares, que gozaban de una clientela bastante asidua. Por otro lado, basta con indagar mínimamente los documentos de la época para cerciorarse que la vida de las damas de alta alcurnia se encontraba, en su mayoría, relegada al ámbito doméstico pues, cuando no iban con su marido, sólo salían a la iglesia acompañadas de dueñas o pajes, o a visitar a otras damas; en este caso podían ir o no acompañadas y, según se dice, algunas aprovechaban esa circunstancia para hacer uso de una “libertad” temporal. Consecuentemente sólo había que sumar para obtener el acto impuro, el pecado y los pecadores ya estaban servidos. 

En este marco el manto oscuro proporcionaba no sólo la protección recurrente contra el Sol, sino que también se usaba en horas intempestivas, otorgando el tan buscado y necesario anonimato a su usuaria. Aunque también deberíamos decir usuario y no nos estamos refiriendo a costumbres sexuales entre miembros del mismo sexo, que también se daban, sino al aprovechamiento que hacían los delincuentes para cometer sus fechorías con el rostro oculto. Nos suena esto a lo que sucede al día de hoy con los burkas, ¿no? Además, las cortesanas, amancebadas y mujeres de clase baja frecuentaban la calle y los lugares públicos sin ningún problema. Tanto las damas que disfrutaban de resquicios de libertad para sus escarceos, como las cortesanas, utilizaban un tipo de atuendo que les permitía moverse con soltura sin ser reconocidas y que en este siglo empezó a ser identificado como un arma de seducción, “el tapado”, y es que estas mujeres solían usar el ojo destapado para insinuar mensajes y hacer todo tipo de señales a sus amantes o clientes, según fuera el caso.
Todo esto no pasaba desapercibido a la Corte, por lo que bajo el reinado de Felipe IV , que no era precisamente un ejemplo de castidad, se intenta prohibir el uso de esta indumentaria, obligando a dejar el rostro al descubierto. Sin embargo rápidamente surgen inconvenientes a este propósito ley, ¿qué se podía hacer con las señoras que usaban velo y que era considerado por todos como un síntoma de pureza? Finalmente el 12 de abril de 1639 se legisló mediante nueva pragmática, votada por las Cortes, la completa erradicación del manto como prenda femenina (o masculina) de esta manera: “Mandamos que en estos reinos y señoríos todas la mujeres, de cualquier estado y calidad que sean, anden descubiertos los rostros, de manera que puedan ser vistas y conocidas, sin que en ninguna manera puedan tapar el rostro en todo ni en parte con mantos, ni otra cosa, y acerca de lo susodicho, se guarden, cumplan y ejecuten las dichas pragmáticas y leyes con las penas en ellas contenidas y demás de los tres mil maravedís que por ellas se imponen en la primera vez que caigan e incurran en perdimiento del manto, y de diez mil maravedís aplicados por tercias partes, y por la segunda los dichos diez mil maravedís sean veinte y se pueda poner pena de destierro, según la calidad y estado de la mujer”. Asimismo, incluye una puntualización, consistente en que la aprobación del velo por el marido no es válida para desautorizar dicha ordenanza, ya que se podría dar el caso de que algunos hombres autorizasen a su esposa a llevar velo. 
El martes día 26 del mencionado mes de abril la pragmática real se proclamó y pregonó en los lugares de costumbre (Plazas de San Francisco, Salvador, Los Terceros, calles Feria o Altozano) e incluso el mismo año se puso en letra impresa con este título: “Premática en que su magestad manda que ninguna mujer ande tapada, sino descubierto el rostro, de manera que pueda ser vista y conocida, so las penas en ella contenidas y de las demás que tratan de lo susodicho.” 

Esta legislación no debió de surtir un efecto inmediato. Si nos fijamos en las damas sevillanas, podemos concluir que tomaron la nueva ley como una afrenta a sus costumbres, y la mayoría de ellas obviaron las consecuencias que pudiera entrañar el hacer caso omiso a la ley promulgada. Con lo que perseveraban en seguir envueltas en sus mantos a la hora de pasear por las calles sevillanas e incluso al personarse a templos y acudir a  eventos en los corrales de comedias como los del Coliseo o la Montería. No faltaron sucedidos por causa del incumplimiento referido, desde enfrentamientos con los alguaciles de la justicia hasta una especie de “huelga” femenina a la hora de salir de sus domicilios si lo debían hacer descubiertas. Consecuentemente el tiempo ayudó a relajar estas directrices impopulares y  fueron quedando poco a poco en el olvido, de modo que las misteriosas “tapadas” pisaron de nuevo las calles hispalenses para gran contento de no pocos galanteadores. Finalmente y como todo esto pasó y fue atribuido a una moda no tan pasajera a juzgar por el tiempo de su uso, pero definitivamente la costumbre debió perderse en Sevilla entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, aunque aún hasta el XIX se mantuvieron en Perú la denominadas “Tapada Limeñas”. Es de mencinar que de Sevilla se exporto esta moda con celeridad y permaneció e incluso se proliferó en Perú.
Pero por estas tierras y hasta nuestros días las andaluzas ya solo lo usan para ocultar los efectos del paso de los años.


Si indagamos mínimamente en la pintura del siglo de oro, nos reafirmamos en que estamos ante un aspecto cotidiano en las vestimentas de aquellos días. La mujer que se tapaba un solo ojo, conocida como “la tapada de un solo ojo”, o “tapada de medio lado”, se correspondería con la imagen de la prostituta de lujo durante el siglo XVII, aunque como ya hemos visto no era exclusivo de este tipo de mujeres.

*Expuesto en el Hospital de la Caridad de Sevilla encontramos “El caballero y la muerte” de Pedro de Camprobín realizad en el tercer cuarto del siglo XVII. 
En la pintura figura un caballero que es visitado por la Muerte, ante la que se descubre. El esqueleto que representa a la Parca en el lienzo va ataviado de una manera singular, que nada tiene que ver con los representados por Valdés Leal, pues se encuentra parcialmente velada al ocultar sus huesos tras una gasa fina gasa y mostrar únicamente un ojo, para lo que se ayuda de unos dedos de su mano derecha, que sostienen el velo. Ojos y dedos tiene apariencia de vida, lo que contrasta con la decrepitud que oculta.” Fuente: https://www.researchgate.net

*“La Alameda de Hércules” por un a Anónimo sevillano en 1647, expuesta en el Hispanic Society of America de Nueva York
entre las columnas, se ve apartada a una pareja, a un caballero y a una mujer nuevamente tapada. Contrasta la imagen de estas mujeres que van a pie, tapadas e interaccionando con hombres, con la de las damas que van totalmente descubiertas en la carroza y, por lo tanto, se dejan ver.

*“Vista de Sevilla.” Por un anónimo flamenco ubicado en 1660.  Esta obra se deja ver en la Fundación Focus, recogida por el Hospital de los Venerables de Sevilla 
La escena que nos interesa se desarrolla a la entrada del puente de barcas.  En ella de nuevo, vemos a un caballero dirigiéndose a una mujer que va tapada, mostrando un solo ojo, y que lleva también un guardainfante


Muchas coincidencias encontramos en otra prenda que se generalizó por toda España y en especial en tierras sevillanas: el guardainfante, al parecer en aquella época todo terminaba llevándose al campo del sexo, que le vamos a hacer si no había tele, ¿no? Pero para no extendernos demasiado hoy, lo dejaremos para una próxima entrada.
A partrir del siglo XVIII se hace muy complicado encontrar alguna pintura con referencias a esta tendencia, señal inequivoca de que esta moda había caído en desuso.
Si nos detenemos en la literatura de este siglo también encontramos multitud de muestras…
*Por ejemplo el propio Quevedo para su obra “Sueños y discursos”… de 1627. En el titulado “El mundo por de dentro”, el protagonista relata cómo: “Venía una mujer hermosa, trayéndose de paso todos los ojos que la miraban y dejando los corazones llenos de deseos; iba ella con artificioso descuido, escondiendo el rostro a las que ya la habían visto y descubriéndose a los que estaban divertidos. […], ya se hacía brújula, mostrando un solo ojo, y tapada de medio lado, descubría un tarazón de mejillas. […] El talle y paso ocasionando pensamientos lascivos; tan rica y galana como cargada de joyas recibidas y no compradas."
  
*En Las bizarrías de Belisa, escrita por Lope de Vega en 1634, también encontramos una referencia a la tapadas. En un momento dado el Conde le dice a la joven: “Ponte el manto sevillano, 
no saques más que una estrella;
que no has menester más armas 
ni el amor gastar sus flechas. 
y al fin con menos sospecha, 
que matando cuanto miras, 
te conozcan y te prendan.
 
En esta obra Belisa es una bella mujer que, como le dice el Conde, no necesita más que ponerse el tapado para provocar deseo a los que se encuentran. 
Destaca en estos versos cómo denomina Lope al atuendo, al que llama “manto sevillano”.

Y podríamos así, seguir indefinidamente.

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